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jueves, 9 de octubre de 2014

Sobredosis depresiva


Entre la melancolía valenciana y la euforia catalana, la cuestión es cómo salir del fatalismo reinante para construir un país distinto con hombres y mujeres mejores

El estrés por vivir en la Comunidad puede causar absentismo identitario.
¿Cómo se siente uno cuando habla con alguien de fuera del coche de Rita, del cocinero de Fabra, del no-ingreso en prisión del otro Fabra, del sueldazo del expresidente Camps, de las rutas del despilfarro, de las familias rebuscando en los contenedores de basura…? (no sigo, es suficiente) ¿qué piensa? ¿qué dice? En mi caso, la última conversación fue un guantazo seco, sin aviso, de esos que hacen hincar la rodilla del boxeador en la lona. En un viaje reciente por el norte de España, me sentí avergonzado y asqueado pero, para mi sorpresa, bastante apenado. Con mi familia y amigos escuché a un guía cultural repetir hasta en tres ocasiones los mismos comentarios críticos hacia los gobernantes de nuestra comunidad, en un tono burlón y humillante. Después de mucho vacilar, conseguí hablar con él delante del grupo para persuadirle de que estaba obrando como alguien que se ríe de los errores o del dolor de los demás, pero asumí lo evidente y no me enroqué en “tú peor” o “en todas partes cuecen habas”. No fui capaz de más. ¿Qué me impedía decir algo más? ¿Por qué me sentía tan triste? Quizás me había instalado en la inferioridad, ante mí mismo y la mirada de los demás.
Ya no hay una “comunidad de bienestar” que merezca ese nombre
Es seguro que los muchos casos de abuso e incompetencia, las políticas de austeridad impuestas y el despiece y mercantilización de lo público han provocado que nosotros, los valencianos, aparezcamos descreídos de los gobernantes e instituciones. Y desvalidos ante unas políticas que ni compartimos ni nos benefician. Ya no hay una “comunidad del bienestar” que merezca dicho nombre porque la pobreza, convertida en la nueva peste que quieren hacer invisible, llega a más personas. Tampoco debemos perder de vista que, antes de la Gran Recesión, nuestra comunidad se había transformado en mercancía bajo el imperativo del escaparate. Sólo se seguía con empeño el rastro del dinero para tenerlo y exhibirlo. Las calles y el litoral, los colegios y universidades, la salud y los cuidados, los teatros, las artes y las ciencias, la memoria, nosotros mismos éramos productos mostrados en un luminoso escaparate donde el único valor era el valor de exposición. Éramos una casa de subastas en la que, a golpe de martillo, se especulaba para obtener la ganancia máxima. Cualquiera podía entrar, comprar y vender un lote, pero sólo si su presupuesto se lo permitía o se había transformado en una mercancía de lujo-récord-plusmarquista, es decir, casi nadie. O mejor dicho: los de siempre. Por decirlo todo, no es posible entender lo ocurrido durante los “años de vino y rosas” sin la colaboración o la sumisión de muchos, la que nos propició dinero fácil, rápido y nos alejó de un desarrollo personal más exigente y profundo. Es probable que estos y otros factores hayan acabado por herir el amor propio, la dignidad de cada uno: “soy culpable de mi fracaso y me avergüenzo de mí mismo” (autocastigo) y, también, por atacar los valores identitarios que compartimos como valencianos: “no valemos nada y me avergüenzo de ser valenciano” (más autocastigo).
Rosa Bautista, un ejemplo de la determinación de los valencianos anónimos. / MÒNICA TORRES
Otro destino ha sido terminar quemado por la impotencia, esa mezcla envenenada de incapacidad por cambiar las cosas y de rabia por no conseguirlo: “Con la que está cayendo, ¿qué puedo hacer yo, tan insignificante, ante algo que me sobrepasa?”. Como si fuera una variante del síndrome de burnout, en el síndrome del socarrat, el estrés por ser de aquí o vivir en la Comunidad durante estos años es tan intenso que puede causar absentismo identitario. Parece que fuera todo a estallar en pedacitos de colores de la Señera coronada. La pena de la gente se ha convertido en una condición perdurable e ininterrumpida mientras que la fortuna dura, a lo sumo, los 90 minutos de un partido de fútbol del equipo local. A este paso, podemos llegar a ser una sociedad crónicamente enferma de sujetos melancólicos y fatigados de sí mismos que necesiten de medicación para sobrevivir.
Ahora bien, si levantamos la cabeza y miramos cómo nuestros vecinos de las tierras altas están afrontando estos tiempos nos encontramos con un estado emocional y comportamiento muy diferentes. Para muchos catalanes la independencia se ha convertido en el Bálsamo de Fierabrás, la pócima mágica que bebe Don Quijote después de una paliza morrocotuda, capaz de curar todas las dolencias que les afligen incluyendo las económicas, las sociales y las morales, da igual. En realidad, su respuesta a este drama de la pérdida es zambullirse en un estado de excitación emocional y sustituir el pensamiento lógico-científico por el pensamiento mágico-religioso, con el que generan relaciones causa-efecto sin una fundamentación lógica estricta.
Habrá que trabajar duro pero no bajo el imperativo plusmarquista
Así, hacen un veredicto apocalíptico “no hay salvación en España” y establecen un ritual de consulta el 9-N para alcanzar la recompensa idealizada “todo es posible con un Estado propio”. En estas circunstancias, una lengua gigantesca de fuego incendia imparable cualquier argumento lógico. Una posibilidad para reconducir el conflicto a un debate con propuestas razonables es templar a la ciudadanía exaltada mediante la palabra, la negociación, el pacto, pero no atrincherarse en el silencio. Pero, ¿qué gobernante de aquí y de allá tiene la fuerza mental y la autoridad moral para sostener esa tarea? Lo anterior puede hacernos ver que los valencianos estamos quietos en el calabozo de la melancolía porque ya “nada es posible” o, después de lo ocurrido, ya no tenemos derecho a nada, ni siquiera a hablar o reclamar lo que es justo, mientras que los catalanes galopan a lomos del secesionismo y gritan entusiasmados “nada es imposible”. Melancólicos unos y eufóricos otros, habitamos los extremos. Es la bipolaridad mediterránea que amenaza descomposición.
En cualquier caso, las preguntas siguen dentro golpeando una y otra vez la cabeza: ¿qué hacer con la sobredosis depresiva que estamos padeciendo cada uno? ¿Cómo salir de este fatalismo que está anclado en los valencianos? Aunque el malestar tiene la apariencia de incurable, se adivinan una serie de soluciones pero sólo consideraré algunas originadas en fuentes profundas. Entre ellas destaca la de asumir la pérdida de aquel tiempo, asumir que aquellos años ya no volverán al igual que no lo hará nuestra niñez o las personas queridas que han fallecido o las personas que han dejado de amarnos. Aceptar que no somos lo que éramos o no tenemos lo que queremos a cualquier precio, pero otros sí tienen, es siempre doloroso porque pone límites a nuestro narcisismo y nos llena de oquedades. Dolor y vacío que hacen brotar el llanto. Y las lágrimas se transforman de manera inesperada en salvación.
Recetas contra la melancolía: amar, compartir, educar y cuidar
No es casualidad la cercanía entre la muerte y el amor. Sólo dejaremos de ser melancólicos sí se produce la prodigiosa transformación de amarnos a nosotros mismos, de querer a los demás, de cuidar a los desamparados, de educar mirando a los ojos como lo consiguen los verdaderos maestros, de acompañar en el sufrimiento físico y mental incluso en el camino hasta la muerte como hacen muchos médicos, de crear lo que sea (un mundo mágico alrededor de un plato de comida, una coreografía repleta de guiños o una empresa de tejidos anfibios) para compartirlo con uno mismo y con los demás. Los valencianos que lo hacen nos alumbran el camino a seguir en estos tiempos difíciles, como es el caso de Rosa Bautista la mujer que nos muestra, en estas páginas, su rostro, sus manos y su determinación porque sí, aunque no tenga el don de las palabras, de los números o de la belleza, tiene alma y necesidad de querer. Habrá que trabajar duro para la realización personal y colectiva pero no bajo el imperativo plusmarquista de tener más dinero (títulos académicos, cómics, firmas de famosos, da igual) y exhibirlo, del fanatismo de las ganancias, de ser especial a toda costa, de tener una voz propia por encima de la de los demás. Desde mi punto de vista, la búsqueda de una Comunidad “casa de subastas”, habitada por sujetos plusmarquistas olímpicos bajo el eslogan neoliberal del “Nada es imposible”, ha resultado ser una auténtica trampa mortal para el progreso y la maduración de los valencianos. Una verdadera utopía regresiva a la que hay que combatir con pasión y razones.
Aceptar que no somos lo que éramos es siempre doloroso
Después de lo dicho, ¿sería capaz de decir algo más en una situación semejante a la vivida este verano lejos de la Comunidad? Estoy convencido que hoy ya no arrastraría la mirada por los cordones de mis zapatos para pedir respeto, para reclamar consideración hacia nosotros los valencianos porque ahora, mañana, el año que viene, en lugar de seguir apáticos o encerrados en los asuntos de cada uno para sobrevivir, tenemos el propósito de remangarnos y ponernos manos a la obra para llegar a ser una Comunidad lúcida, solidaria, que busca soluciones a los problemas que los gobernantes actuales no son capaces de dar.
Para ayudar a pensar estos asuntos, que consideramos de primera relevancia, proponemos en la presente edición del especial 9 d’Octubre editado por EL PAÍS Comunidad Valenciana la reflexión y la mirada de varias mujeres y hombres de aquí y de fuera que tratan de los temas mencionados y apuntan soluciones para suscitar otros debates siempre yendo más allá de los estereotipos habituales. De esta manera, el lector tendrá más ideas para contestar a una pregunta definitiva: ¿existe alguna posibilidad de construir un país distinto con mujeres y hombres mejores? Ustedes dirán.

miércoles, 8 de octubre de 2014

“Han elegido la ignorancia”

Científicos europeos acusan a los líderes políticos de perder "el contacto por completo con la realidad del mundo de la investigación"

Científicos de diferentes países europeos describen en esta carta que, a pesar de la marcada heterogeneidad en la situación de la investigación científica en sus respectivos países, hay fuertes similitudes en las políticas destructivas que se están llevando a cabo. Este análisis crítico, publicado simultáneamente en 'Nature' y en varios periódicos de toda Europa, es una llamada de atención a los líderes políticos para que cambien el rumbo, y a investigadores y ciudadanos para que apoyen el papel esencial de la ciencia en la sociedad. Esta carta puede ser firmada en openletter.euroscience.org.

Los responsables políticos de cada vez un mayor número de países europeos, así como los líderes de la Unión Europea, han perdido el contacto por completo con la realidad del mundo de la investigación científica.

Han elegido ignorar la contribución crucial de un sector potente de investigación a la economía, particularmente importante en los países afectados más severamente por la crisis económica. En su lugar, han impuesto drásticos recortes presupuestarios a la Investigación y Desarrollo (I+D) que hacen que estos países sean más vulnerables a medio y largo plazo a futuras crisis económicas. Todo ello bajo la mirada complaciente de las instituciones europeas, más preocupadas de que los Estados miembros cumplan con los objetivos de reducción de déficit, a que mantengan y mejoren unas infraestructuras nacionales de I+D que puedan ayudar a estos países a cambiar su modelo productivo a uno más robusto basado en la generación de conocimiento.

Han elegido ignorar que la investigación no sigue ciclos políticos; que una inversión en I+D sostenida y a largo plazo es crítica porque la ciencia es una carrera de fondo; que algunos de sus frutos pueden ser recolectados ahora, pero que otros pueden tardar generaciones en madurar; que si no plantamos hoy nuestros hijos no tendrán las herramientas para afrontar los retos del mañana. En su lugar, han seguido políticas anti-cíclicas de inversión en I+D con un único objetivo en mente: la reducción del déficit anual a lo que puede resultar ser un valor artificial impuesto por las instituciones europeas y financieras, ajenos por completo al efecto devastador que esto está teniendo en el potencial científico e innovador de estos países y del conjunto de Europa.

Han impuesto drásticos recortes presupuestarios a la Investigación y Desarrollo (I+D) que hacen que estos países sean más vulnerables a medio y largo plazo a futuras crisis económicas"


Han elegido ignorar que la inversión pública en I+D atrae a la inversión privada. Que en un “Estado innovador” como los Estados Unidos, más de la mitad de su crecimiento económico se debe a la innovación arraigada en la investigación básica financiada por el gobierno federal. En su lugar, tienen la expectativa nada realista de que los incrementos de inversión en I+D necesarios para alcanzar el objetivo del Tratado de Lisboa de un 3% del producto interior bruto serán llevados a cabo por el sector privado exclusivamente, a la vez que reducen la inversión pública en I+D. Esto contrasta fuertemente con la disminución en el número de empresas innovadoras, que ya empieza a ser muy notable en algunos de estos países, y con la prevalencia, entre las pequeñas y medianas empresas, de reducidos negocios familiares sin capacidad innovadora.

Han elegido ignorar que la formación de investigadores precisa de recursos y de tiempo En su lugar, excusados por la directiva europea de reducir el empleo público, han impuesto drásticos recortes en la contratación de investigadores en centros de investigación y universidades. Esto, añadido a la falta de oportunidades en el sector privado y a los recortes en los programas de recursos humanos, está produciendo una “fuga de cerebros” desde el Sur hacia el Norte y fuera de Europa. El resultado es una irremediable pérdida de inversión y el incremento de la brecha en I+D entre los países europeos. Desesperanzados por la falta de oportunidades y la incertidumbre inherente a la concatenación de contratos temporales, muchos científicos están considerando abandonar la investigación, un camino sin retorno debido a la naturaleza de la actividad investigadora que diezma el personal científico cualificado disponible para la industria. En vez de disminuir el déficit , todo esto está contribuyendo a crear un nuevo tipo de déficit: un déficit en tecnología, innovación y descubrimiento que afecta a toda Europa.

Han elegido ignorar que la investigación aplicada no es más que la aplicación de la investigación básica y no se limita a investigación con impacto en el mercado a corto plazo, como algunos líderes políticos parecen creer. En su lugar, a nivel nacional y europeo, han impuesto una marcada tendencia a centrarse en estos proyectos de investigación orientados al mercado, cuando éstos no son más que frutos de una rama baja del intrincado árbol de la investigación. A pesar de que en algunos casos las semillas de estos frutos pueden germinar en nuevos conocimientos fundamentales, socavar la investigación básica mata lentamente las raíces del árbol.

Han elegido ignorar cómo funciona el proceso científico; que la investigación requiere experimentación y que no todos los experimentos tendrán éxito; que la “excelencia” es la punta de un iceberg que flota gracias al corpus de trabajo que hay debajo. En su lugar, las políticas científicas a nivel nacional y europeo han derivado rápidamente en políticas de financiación de un número cada vez más reducido de grupos de investigación bien establecidos, socavando el portfolio diversificado que necesitaremos para afrontar los retos sociales y tecnológicos del futuro. Adicionalmente, esta política está contribuyendo a la “fuga de cerebros” debido a que un pequeño número de las instituciones mejor financiadas están llevando a cabo políticas de contratación de este reducido número de investigadores con financiación.

Desesperanzados por la falta de oportunidades y la incertidumbre inherente a la concatenación de contratos temporales, muchos científicos están considerando abandonar la investigación"


Han elegido ignorar la sinergia crucial que existe entre la investigación y la educación. En su lugar, han cortado drásticamente la financiación de la investigación en las universidades, afectando negativamente su calidad y amenazando su papel como promotoras de igualdad de oportunidades.

Y sobre todo, han elegido ignorar que la investigación no sólo sirve a la economía sino que incrementa el conocimiento y el bienestar social, incluyendo de aquellos que no pueden pagar la factura.

Han elegido ignorar pero estamos decididos a recordárselo con determinación porque su ignorancia puede constarnos el futuro. Como investigadores y ciudadanos, formamos una red internacional acostumbrada a intercambiar información y proposiciones. Y estamos involucrados en llevar a cabo una serie de iniciativas a nivel nacional y europeo para oponernos rotundamente a la destrucción de las infraestructuras nacionales de I+D y para contribuir a la construcción de una Europa social de abajo a arriba. Hacemos un llamamiento a investigadores y ciudadanos a defender esta postura con nosotros. No hay alternativa. Se lo debemos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

Amaya Moro-Martín, astrofísica; Space Telescope Science Institute, Baltimore (EEUU); portavoz de Investigación Digna (España); Euroscience, Estrasburgo.

Gilles Mirambeau, virólogo de SIDA; Sorbonne Universités, UPMC Univ. Paris VI (Francia); IDIBAPS, Barcelona (España); Euroscience, Estrasburgo.

Rosario Mauritti, socióloga; ISCTE, CIES-IUL, Lisboa (Portugal).

Sebastian Raupach, físico; fundador de "Perspektive statt Befristung" (Alemania).

Jennifer Rohn, bióloga celular de cáncer; Division of Medicine, University College London, Londres (Gran Bretaña); presidenta de Science is Vital.

Francesco Sylos Labini, físico; Enrico Fermi Center, Institute for Complex Systems (ISC-CNR), Roma (Italia); editor of “Return on Academic Research” (www.roars.it).

Varvara Trachana, bióloga celular; Faculty of Medicine, School of Health Sciences, University of Thessaly, Larissa (Grecia).

Alain Trautmann, inmunólogo de cáncer; CNRS, Institut Cochin, Paris (Francia); portavoz de "Sauvons la Recherche”.

Patrick Lemaire, embriólogo; CNRS, Centre de Recherche de Biochimie Macromoléculaire, Universités of Montpellier; fundador y portavoz de “Sciences en Marche” (Francia).

Las opiniones expresadas por los autores no son necesariamente las de las instituciones donde desarrollan su trabajo científico.

http://elpais.com/elpais/2014/10/08/ciencia/1412764866_249154.html